El derecho a la paternidad

De acuerdo con la organización Mundial de la Salud (OMS), casi el 40 por ciento de los niños que nacen en América Latina son hijos no deseados, y cerca del 70 por ciento son hijos no planeados. Como puede verse, la romántica creencia de que la mayoría de los padres y madres esperan con amorosa impaciencia la llegada de sus hijos es uno más de los mitos contemporáneos. Y por si no fuera suficiente con estos datos escalofriantes, el profesor y filósofo español José Antonio Marina asegura que, independientemente de los sentimientos que les despierten la llegada de los hijos, la mayoría de los padres no tienen ni la menor idea de cómo educarlos para hacer de ellos adultos felices y productivos.

Después de lo expuesto en el párrafo anterior, resulta ocioso preguntarse por qué hay tanta infelicidad y maldad en este mundo, por qué ocurren hambrunas, guerras y explotación económica sin que a nadie parezca preocuparle mucho. Más bien lo que debería extrañarnos es que existan tan pocos psicópatas y delincuentes y que un porcentaje bastante considerable de la población lleve una existencia más o menos normal y feliz, a pesar de las pésimas experiencias que padeció durante la infancia.

Así pues, ¿no sería éste el mejor momento para replantear la cuestión del sagrado derecho a la paternidad (y a la maternidad) que se han arrogado los hombres (y las mujeres) a lo largo de los siglos?

Sin embargo, el derecho a la paternidad no podría abordarse de la misma manera que otros derechos ciudadanos, ya que al promoverse una paternidad consciente y razonada, lo que se estaría buscando sería el bienestar de los hijos, no el de los padres (aunque a la larga también éstos saldrían ganando). Por lo tanto, deberíamos abordar este tema desde el punto de vista del derecho de los hijos y no del derecho de los padres.

¿Pero qué tan difícil sería lograr esto? Al igual que con la democracia, la igualdad jurídica, la igualdad de géneros, la libertad religiosa, etc., todo es cuestión de consenso social. En la antigüedad se consideraba socialmente aceptable la esclavitud, el derecho de vida y muerte sobre los hijos, la lapidación de las mujeres adúlteras, etc. Posteriormente, y hasta la Revolución Francesa, eran muy pocos los que cuestionaban el derecho divino de los reyes, los fueros especiales de la nobleza y el clero, etc. Incluso en la actualidad todavía se tolera el derecho de los capitalistas a apropiarse de la plusvalía producida por sus empleados, la pena capital y los ataques “preventivos” contra países como Iraq y Afganistán, etc.

Por otra parte, sería absurdo restringir la paternidad por medio de leyes represivas (como ocurre actualmente en China). Lo deseable sería propugnar, no por medio de una ley, sino implantando una costumbre por medio de la cual la sociedad presionara moralmente a los individuos a considerar a la paternidad como una decisión verdaderamente trascendente, como ocurre en el caso de la elección de pareja, la elección de carrera, la decisión de emigrar definitivamente al extranjero, etc.

¿Pero cómo podría implantarse esta costumbre? Así como a lo largo de la Historia las sociedades humanas han adoptado algunas malas costumbres, como las guerras de rapiña, la quema de herejes y la trata de esclavos, también es posible adoptar buenas costumbres. Por ejemplo, la costumbre de cepillarse los dientes después de tomar los alimentos no tiene más de dos siglos, y en algunos lugares, ni siquiera un siglo.

Así pues, en el caso de la planeación familiar, una manera de evitar el nacimiento de hijos no deseados consistiría en evitar radicalmente la posibilidad de un embarazo no planeado implantando en nuestras sociedades la costumbre de la práctica de la vasectomía entre los jóvenes. Una manera de promover esta costumbre sería convertirla en un especie de rito social parecido a la ceremonia de la circuncisión entre los judíos. Por lo tanto, a determinada edad (en alguna etapa de la adolescencia temprana) se invitaría a todos los hombres a una “ceremonia de la vasectomía”. Para hacer atractiva esta ceremonia se le podría ligar con la iniciación de la vida sexual del adolescente. Así como el uso del condón alivia la angustia de contraer el SIDA, la “vasectomización” permitiría que la actividad sexual entre adolescentes no terminara en un embarazo no deseado, que en ocasiones arruina la vida de las mujeres (y la de los hombres responsables).

Pero no debemos circunscribirnos a los aspectos fisiológicos, así que, además de la vasectomía, se deben impartir cursos de educación para la paternidad (y para la maternidad, por supuesto) a través del sistema escolarizado, clubes comunitarios, televisión, Internet, etc., en los que se haga hincapié en el impacto tan profundo que tienen las experiencias infantiles a lo largo de la vida de las personas. Otra acción social altamente recomendable consistiría en revertir la actual tendencia hacia banalización de la institución del matrimonio, pues ya ha sido ampliamente comprobado que las malas relaciones entre los cónyuges y el divorcio son las principales causas de la infelicidad de los hijos.

Aunque actualmente es ampliamente aceptado entre la comunidad médica que la operación de la vasectomía es complemente reversible, todavía falta hacer algunos progresos para que la reversibilidad sea ciento por ciento confiable. Sin embargo, éste es un problema meramente técnico que en poco tiempo se superará. Por lo tanto, cuando un hombre (y su pareja) hayan tomado la decisión de tener un hijo, simplemente solicitarán la operación correspondiente en un hospital público o privado, y a partir de ese momento iniciarán el largo camino de la paternidad responsable, con todas las penas y alegrías que este viejo oficio trae consigo.

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